África: El continente que consiguieron dominar los blancos

“Cuando ustedes, los blancos, llegaron a África, nosotros teníamos tierra, que era nuestra, y ustedes trajeron la Biblia. Aprendimos a rezar y aceptar sus creencias. Nos dijeron “Recemos”, y nosotros cerramos los ojos y rezamos….y cuando los volvimos a abrir, ustedes tenían nuestra tierra, y nosotros, la Biblia”. Jomo Kenyatta (1892-1978)

Desde el famoso Dr. Livingstone a las minas de coltán

Todo comenzó el día 10 de noviembre del año 1871, a orillas del Lago Tanganika, cuando el periodista británico Henry Morton Stanley, por fin  logra localizar el paradero del doctor David Livingstone, misionero y médico escocés,  desaparecido en la jungla africana desde hacía algún tiempo, y al que saludó con un escueto “Dr. Livingstone, supongo”. Esas palabras, aparentemente insignificantes, y que inmortalizaron aquel encuentro, fueron el principio del fin de todo un continente: África.

David es el segundo de 7 hijos de Neil Livingstone, un pobre obrero de fábrica, que vive en Blantyre (Escocia) donde el pequeño  comienza a trabajar a los 10 años. Sí, son los tiempos de las novelas de Charles Dickens, en las que nos habla de los niños que, por su escasa estatura, son muy útiles para trabajar en las minas. Como su padre y como su madre, y por el mismo motivo, son especialmente indicados para deshollinar chimeneas.  Pero David  también estudia. Al pequeño le gusta aprender y finalmente, el joven logra su objetivo, ser misionero y médico. Su deseo de ser enviado a China, no se cumple, debido al reciente estallido de la llamada Guerra del Opio. Pero en 1852 le envían a África donde comienza a viajar y a trabajar, pues quiere abrir rutas para la labor misionera y las actividades comerciales entre los indígenas que no dejan de hablarle de unas aguas que parecen “Humo que truena”. Cuando las localiza, en honor a su reina, las llamará las “Cataratas de Victoria”. Se traslada a Inglaterra pero al no recibir el apoyo económico que pide para la exploración del continente africano, dimite de la Sociedad Misionera y regresa a África, para continuar su labor de explorador. Durante años, no se sabe nada de él, hasta que el periódico norteamericano “New York Herald” organiza una expedición de socorro, guiada por Henry Morton Stanley que finalmente, en el año 1872, consigue localizar al explorador, pronunciando la famosa frase “Dr. Livingstone, I suppose” . Los dos hombres deciden continuar juntos sus viajes de exploración, aunque finalmente tomarán caminos distintos.

El 1 de mayo del año 1873,  en un pequeño poblado de Zambia, el ya famoso Dr. Livingstone,  será víctima  de la Malaria y de una hemorragia interna. Llegan órdenes, desde Inglaterra. Su cadáver se debe conservar en sal, hasta su trasladado y entierro en la abadía de Westminster, aunque no del todo. Sus fieles amigos africanos, anteriormente, le habían extirpado el corazón y lo enterraron, bajo un árbol . Dijeron que “su corazón debe permanecer en África”.

Las consecuencias de aquel famoso encuentro entre el periodista y el explorador,  serán nefastas, pues desatarán una auténtica  fiebre rapiña, para repartirse todo un continente, habitado por gente extraña, inculta, de piel negra. Claro, como los esclavos en el lejano América.  No, para ser más preciso,  era para completar el reparto, pues Inglaterra y, sobre todo, Francia, ya habían tomado posesión de algunas regiones. Finalmente, 5 años más tarde, 14 países, divididos en dos grupos, asisten al Congreso de Berlín, organizado por el canciller alemán Bismarck que buscaba protagonismo, se llevarían a cabo  2 reuniones, entre los años 1884 y 1885, a las que acudieron representantes de las grandes potencias, las de segundo orden y hasta  las que habían dejado de serlo,  para reglamentar las ocupaciones. Lo que les unía a todos eran los intereses en el reparto del continente africano, y  la finalidad fundamental era establecer la libertad de navegación y comercio  porque las metrópolis africanas intentaban impedir que otros comerciaran  con “sus” territorios. Los futuros nuevos amos se comprometieron a notificar cualquier anexión, la cual sería legal siempre y cuando se hiciera en zonas no ocupadas por otros europeos, además el territorio anexado debía ocuparse efectivamente  para legitimar la posesión, dejando sin efecto los tratados hechos previos con los jefes locales. 

El gran beneficiario de aquellas reuniones fue el rey Leopoldo II de Bélgica a quien se le asigno a titulo personal el Congo. Alevosamente,  ningún representante africano  participó en las reuniones, situación que revelaba  las verdaderas intenciones de la colonización africana, o sea, dejaron constancia de que algunos de sus verdaderos objetivos era civilizar a los africanos, enseñarles a vivir en paz y aprender a disfrutar de la civilización occidental. Cuando se inició el reparto,  el 90% del territorio era africano. En 1900, la proporción se había invertido y en 1914, el continente África estaba totalmente repartido, salvo Liberia (una colonia norteamericana desde 1822) y Etiopia, que mantuvo su independencia. Las recién  formadas colonias supondrán una enorme fuente de conflictos, pues aparecieron focos de oposición por parte del pueblo africano, frente a la política colonial, como protesta a la  explotación y barbarie llevada a cabo en las colonias. 

EL MALDITO COLTAN

Y la explotación sigue y no es oro, ni es plata, ni siquiera es un metal. Se llama coltán,  y es la nueva maldición de África.

Para la fabricación de nuestros teléfonos móviles y otros dispositivos electrónico, así como armas de última generación, es imprescindible el llamado coltán, que se compone de minerales como la columbita y la tantalita, y su extracción o  mejor dicho, expolio – amparado por Occidente en beneficio de las grandes Multinacionales – se concentra en la región de los Grandes Lagos (Congo, Ruanda, Burundi) y está estrechamente ligada a distintos tipos del crimen organizado, por lo que la fiebre que ha despertado su extracción es muy parecida a la llamada fiebre del oro del siglo XIX, y la guerra entre las distintas etnias, protegidas  por las respectivas potencias extranjeras. 

La República Democrática del Congo, con una extensión de 2,4 millones km2 y casi 70 millones de habitantes, es uno de los países más ricos a nivel mundial en recursos naturales, sin embargo, con un índice del desarrollo humano de un 0,30%, con lo cual está en la lista de los países más pobres del mundo. Son prisioneros de guerras o presos, niños o adolescentes la mayoría y  su salario puede llegar a los 10$ a la semana, frente a los 10 dólares mensuales de un trabajador normal. Los más solicitados son los niños pues se introducen con más facilidad en los túneles cavados, todo ello bajo la supervisión de milicias extranjeras. Y estas milicias saquean poblados, incluso hospitales, en busca de niños.  

En el año 2000, el 80% del coltán fue obtenido en los llamados campos de la muerte de la Republica Democrática del Congo. Un genocidio orquestado, donde los grandes países del llamado 1º mundo miran hacia el otro lado.  Se denuncian – sin éxito – por las condiciones de trabajo infrahumanas, con millones de muertos e incluso, la desaparición de poblaciones de gorilas. Las condiciones de trabajo en las minas rozan la esclavitud – más de 14 horas diarias –  y Unicef lo  denuncia  – que en las  minas del Congo hay más de 40.000 menores trabajando. Ciertamente, la medicina europea crea hospitales y ayuda a vencer las epidemias tradicionales, en cambio el contacto con los blancos facilita el contagio de enfermedades desconocidas en estas latitudes, por lo que aumenta la mortalidad de los indígenas, produciéndose un  estancamiento e, incluso, un retroceso de la población autóctona..

Vivimos en una sociedad de consumo en la que nos hemos involucrado cómodamente, olvidando este degradante modelo de desarrollo humano. Cierto, nosotros no somos los que tomamos este tipo de decisiones, pero participamos activamente en su modelo de vida, con lo cual también somos responsables.