Gottfried Leibniz

¿ Quién fue Gottfried Leibniz?

Algunos le llaman “el último genio universal”, pues en los tiempos actuales, todos y cada uno de los grandes cabezas pensantes, están especializadas en una sola materia. No así, Leibniz. Fue un hombre polifacético, con unos amplísimos conocimientos, muy por encima de los demás, pues dominaba múltiples materias, tanto científicas como lingüísticas, e incluso, prácticas, pues llegó a construir la primera máquina de calcular – no de madera, como era habitual en aquel entonces – sino de metal. Su plan consistía en que todos los cálculos se basaran en dos cifras, el 1 y el 0 – hoy en día la base de cualquier cerebro electrónico – pero fracasó, pues las técnicas en aquel entonces carecían de la suficiente precisión de ahora.

Cuando Napoleón, en el año 1798 entró con sus tropas en Egipto, desconocía que Leibniz, más de 100 años antes, ya había elaborado un plan sobre cómo conquistar el país de los faraones. Un tiempo después, dicho proyecto de Leibniz, llegó a manos del corso, y éste, tras haberlo estudiado detenidamente, dijo “de haberlo leído antes, mi campaña egipcia no se hubiera malogrado.
Año 1646, Europa está mortalmente herida, destrozada por la Guerra de los 30 años. Alemania ha perdido un tercio de su población. El hambre y las epidemias campan a sus anchas. Concretamente en Sajonia, manadas de lobos entran en los atemorizados pueblos. Y así ocurre también en Leipzig, una pequeña ciudad de 14.000 habitantes. Desde el comienzo de aquella guerra en 1618, la ciudad está por quinta vez bajo el mando del ejército sueco que luego, junto con el ejército francés, serán los grandes vencedores de esa terrible guerra.
El padre de Leibniz, profesor de filosofa moral, está casado por tercera vez cuando el 1 de julio de aquel año 1646, nace el pequeño Gottfried Wilhelm. A la edad de 2 años, cuando acaba de nacer una de sus hermanas, el pequeño sufre una caída desde una mesa. Milagrosamente, no sufre daño alguno, pero aún así, rápidamente envían unos familiares a la Iglesia a rezar, a dar las gracias a Dios. El padre lo interpreta como una señal “desde arriba”. Al pequeño “le esperan grandes cosas”, dice, aunque él, ya no lo verá, pues fallece cuando Leibniz tan sólo tiene 6 años, y esa muerte, no la logra superar el pequeño. Se aísla de los demás y comienza su búsqueda, inconsciente, de un sustituto: los libros. Y así, a los 6 años, estudia latín, él solo. ¿Cómo? Pues comparando el texto escrito por el historiador romano Tito Livio, con los dibujos que aparecen en la obra, como si fuera un hombre del servicio secreto, intentando descifrar los textos, y lo logra. A los 12 años comienza a interesarse por la lógica aristotélica, a los 13 años ya domina perfectamente el latín, y a los 14 se matricula en la Universidad de Leipzig, llamando la atención su versatilidad- pues todo le interesa: matemática, filosofía, historia y, sobre todo, las lenguas antiguas, como latín, griego y hebreo. A los 20 años, con excelentes resultados, aprueba los exámenes, aunque no le quiere conceder el doctorado por su edad.
Indignado, abandona Leipzig, y será en la universidad de Nuernberg donde, fascinados por el joven genio, sin vacilar, le conceden el doctorado. Ahora sí, le espera una brillante carrera universitaria, pero el joven Leibniz toma una sorprendente decisión. Renuncia y entra a formar parte de una hermandad secreta, llamada la Secta de los Rosenkreuzler que se dedica a la alquimia y que se convierte en la cuna de lo que más en adelante será la química. El joven Leibniz trabaja en el laboratorio y hasta llegan a nombrarle Secretario, pero finalmente, él acaba descubriendo que la magia no es lo suyo. Renuncia, y se va de viaje pero, no llegaría muy lejos. Concretamente, hasta Maguncia, donde es nombrado secretario de un influyente diplomático. Y éste, fascinado por la inteligencia del joven, le lleva a Paris y le introduce en la Corte del Rey Sol, y los honorables miembros de la Académie française, tras haber tenido conocimiento y haber leído algunas de sus sorprendentes obras, no tardarán en invitarle a convertirse en miembro de la casi sagrada institución.
Mientras, el joven Leibniz ha urdido un plan, un plan más que descabellado, pues propone al todo-poderoso Luis XIV, en lugar de llevar a cabo su plan de atacar Alemania, dirigirse hacia África, en una especie de cruzada, para expandir la religión cristiana y la cultura europea. Se trata de un proyecto tan absurdo, más allá de cualquier realismo – en aquella época – que es rechazada de inmediato por los consejeros del monarca, y luego también por el propio Luis XIV. No obstante, y aunque sea un duro golpe, para el joven Leibniz no representa ningún infortunio. Permanece en Paris por unos 4 años, aunque finalmente comienza a tener problemas económicos. Además, se había convertido en el centro de las burlas del poderoso Voltaire. ¿Por qué? Pues por esa frase suya, según la cual “vivimos en el mejor de los mundos posibles”. Voltaire, el cínico, en su novela Cándido, convierte a Leibniz en el ingenuo profesor Pangloss, alemán y tutor del mismo Candido. No obstante, Leibniz goza de gran renombre y se codea con la “crême” de los científicos y pensadores del momento, como Descartes que ya tiene un lugar en el Olimpo de los Sabios. Por su famosa frase “pienso, luego existo”.


Una impecable reputación y el halo de un gran pensador y científico rodean al joven Leibniz, aunque su situación económica deja mucho que desear y se vuelve, una vez más, francamente preocupante. Además, el joven tiene problemas de carácter personal, pues sufre por su innegable – y, a menudo, ridiculizado – acento de Sajonia, su tierra natal. Asimismo, una temprana y pronunciada calvicie que intenta cubrir con una voluminosa peluca, influyen en su baja autoestima y sus éxitos entre el mundo femenino, son más que escasos, parece ser que sus sentimientos nunca serán correspondidos, de modo que, al igual que Kant, que Descartes y otros filósofos, no encontrará el amor y nunca se casará.
Tras abandonar Paris, su próximo destino será Londres, donde ya es miembro de la Royal Society desde que diseñara una calculadora, aunque más adelante, su fascinación por los conocimientos de esa Sociedad, se enfría considerablemente, por acusarle – infundadamente – nada menos que de haber copiado de Newton su famoso cálculo infinitesimal. Decepcionado, marcha a Den Haag, su próximo destino, donde visita a Baruch Spinoza, considerado uno de los más grandes pensadores de su tiempo, y que, tras haber sido expulsado por la comunidad judía, se gana el escaso pan de cada día puliendo lentes. Se encuentra prácticamente al borde de muerte por el polvillo de las lentes que ha ido aspirando durante años. Spinoza rechaza el dualismo cartesiano, entre cuerpo y mente, y solo acepta una única realidad, la Sustancia.
Leibniz regresa a Alemania, a la corte de un príncipe, instalada en Hannover, donde permanecerá durante 40 años, hasta su muerte. El vive en la biblioteca del mismo castillo y gracias a una nutrida correspondencia con los estudiosos de toda Europa, está al tanto de las últimas novedades científicas. Trabaja sin descanso y también viaja, siempre en nombre de aquel príncipe. Durante una de sus estancias en Roma, donde debe averiguar el origen de los antepasados del príncipe, concretamente la casa de los llamado güelfos, serán los mismos obispos que se sorprendan de que Leibniz fuera protestante. ¿Por qué? Por su clamor por una reunificación de ambas iglesias y, se comienza a murmurar entre las altas esferas de la Santa Sede sobre la posibilidad de nombrarle obispo. Pero no, no le convencen. El alemán de Sajonia permanecerá fiel a la iglesia luterana.
Ya al final del camino, Leibniz emprende un último intento de fuga de su vida provincial. Le han llamado desde la corte en Viena. Como asesor del propio Kaiser y, el incansable pensador presenta otro de sus proyectos futuristas: crear una red de academias, esparcidas por toda Europa. No, no tendrá éxito. Tan solo las damas de la corte le escuchan, fascinadas por su inmenso saber por nada más. Regresa a Hannover agotado por los frecuentes y dolorosos ataques de gota que sufre.
El 14 de noviembre de 1716, Gotfried Wilhelm Leibniz, el último “genio universal”, cierra sus ojos para siempre. Su verdadera importancia continúa creciendo, pues todavía no se ha llegado a poder evaluar el conjunto de su inmensa obra. Durante toda su vida, él gozó de una verdadera admiración por parte de los poderosos, aunque éstos, en realidad, tan sólo llegaran a conocer una mínima fracción de sus amplísimos conocimientos, y su propia filosofía. Hoy día, se le considera el último genio universal, en metafísica, epistemología, lógica, filosofía, matemáticas, física, geología, jurisprudencia, historia, el alcance de su verdadera importancia todavía no se ha podido evaluar en su conjunto, pues no será hasta el año 2050 cuando se publique su última obra.
Y dijo Diderot, el gran enciclopedista francés.
“. … cuando uno compara sus propios talentos con los del grandioso Leibniz, uno siente la tentación de quemar los propios libros…. e ir a morir silenciosamente, en el rincón de algún lugar olvidado “