El arquitecto

El arquitecto pulsó la tecla “Enter” y aspiró una bocanada de aire. A pesar de no estar convencido al cien por cien, se había sentido aliviado porque, al fin y al cabo, acababa de tomar finalmente una decisión. Con ese pequeño gesto sobre el teclado del ordenador daba por finiquitada una larga y tensa noche de incertidumbre. No obstante, aún con la sensación liberadora de haber hecho una buena labor, no pudo evitar la impresión sombría de que acababa de tirar por la borda el resultado de meses de trabajo, de noches interminables dedicadas en cuerpo y alma a una obra de auténtica arquitectura informática concebida, sobre todo, para dificultar al máximo la llegada a la ventana final de su juego de estrategia. Un arduo esfuerzo dedicado esencialmente a abortar la victoria de uno de los mejores jugadores: una tal Nati.

Se designa a sí mismo “arquitecto” ya que considera que “programador” no refleja fielmente la dimensión de su profesión. Cree que sus creaciones rozan la perfección debido a que supervisa personalmente hasta el mínimo detalle del desarrollo del videojuego: gráficos, caracteres, esquemas argumentativos y, naturalmente, la programación. Considera que su última creación supone la culminación de su trabajo; su obra maestra. 

Al menos así lo había considerado hasta ahora…

Uno de los jugadores, de alias “Nati”, había demostrado que el videojuego era vulnerable. Ella (o él) estaba consiguiendo con asombrosa rapidez sobrepasar niveles de dificultad máxima. Y lo más sorprendente: había conseguido en apenas unos días lo que otros jugadores experimentados no lograban en semanas o incluso meses.  

De modo que, tras haberlo meditado mucho, había decidido finalmente romper la barrera que impedía llegar al final. Describió en el código fuente un atajo al último nivel, facilitando así la llave que conseguiría abrir la puerta. El arquitecto es consciente que ahora, en cualquier momento, “Nati” encontrará esa llave. Solamente es cuestión de tiempo.

Llegados aquí, ya sólo falta el último detalle; el “colorín colorado” a su creación. Algo que, a simple vista, parecería sencillo pero que en realidad no lo es en absoluto. “Game Over” no es un concepto válido para el arquitecto, y la palabra “Fin” no supone una alternativa digna como colofón a su obra. Tampoco un “¡Enhorabuena, ha llegado al nivel final!”, ya que su vanidad no le permitiría felicitar al nuevo héroe.

De eso trata su nuevo reto: encontrar una despedida digna. Pero ahora ya puede respirar tranquilo. Acaba de tomar la decisión: en la pantalla aparecerá sin grandes efectos ni colores pomposos una frase; una simple frase. 

Nati está en plena acción. Su cerebro funciona a la velocidad de un acelerador de partículas y por fin acaba de encontrar la llave para abrir la puerta del último nivel.  

En éste instante se detiene; querría prolongar el dulce sabor de la victoria. Pero esos mismos momentos de placer hacen brotar una amarga duda: ¿quiere realmente entrar?. Tras la puerta hallará el reconocimiento de su victoria, por supuesto, pero Nati también sabe que al otro lado está el final. Por un momento se imagina que el arquitecto va a felicitarla por su hazaña. Había disfrutado tanto durante esos días con el videojuego que desearía prolongarlo un poco más. Sin embargo, todo ello no deja de ser más que una estupidez, ya que lo que verdaderamente cuenta es haber llegado por fin a la última puerta. 

Y ahora, se dispone a entrar…

Nati pasa. Al otro lado el arquitecto había colgado un simple y claro mensaje:

“-Y ahora ¿qué?”