Musas

Solamente 3 folios…”, se repite a sí mismo a modo de mantra, pero la mente del escritor está bloqueada, completamente bloqueada. Ver la hoja en blanco en la pantalla del ordenador no es algo a lo que esté acostumbrado. El tiempo va pasando y esa falta de ideas está empezando a crear un sentimiento de angustia. Hace apenas cinco minutos llamó su editor con un mensaje contundente y claro: “No puedo esperar más. Termina tu artículo y envíamelo ya. ¡Estamos a punto de cerrar edición!”. 

Él le había contestado mintiendo, asegurando que solo faltaba el párrafo final. “Media hora. Te doy 30 minutos para reencontrarte con las musas y terminar con ese jodido párrafo, de lo contrario tendré que cerrar la revista sin tu relato ¡Vamos yo sé que tú puedes!”, había subrayado finalmente con un tono más amable. El editor no quería siquiera imaginar que, tras cinco años de colaboración, éste pudiera ser el primer domingo en los quioscos sin su firma. Ahora, la dura realidad, es que el tiempo va transcurriendo y su mente sigue en blanco, sin ninguna idea clara. Definitivamente le han abandonado las musas.

Ha probado sin éxito los trucos habituales para conseguir abstraerse; Michel Camilo & Tomatito nunca fallan, pero hoy ni siquiera le apetece escuchar música. Tampoco están funcionando los Gin-tonics, un estímulo etílico que normalmente sirve de apoyo para exprimir el jugo de su imaginación (siempre y cuando sea a modo de uso y evitando el abuso) pero que hoy no estaba alentando otra cosa que no fuera una incipiente trompa.

Al escritor le atormenta desconocer dónde podría estar la musa que le ha abandonado. Eso es lo que está invadiendo de forma tiránica su mente: la imagen de su amor en los brazos de otro hombre. Así lleva ya unas semanas, desde que cortaran a raíz de lo que aparentemente parecía una discusión liviana. Pero no, en esta ocasión las cosas no aparentaban querer volver a su cauce como ocurría habitualmente, cuando nada podía resistirse a un beso apaciguador. Ella había decidido cortar por lo sano y esta vez iba en serio. Sonia, su amor definitivo, su musa personal y exclusiva, se había convertido, de repente, en un ser demoníaco que controlaba su mente y no dejaba apenas aire para sus pensamientos. Como si se tratara de un ente invasor que bloqueara por completo su instinto creativo. El escritor se levanta de su mesa de trabajo, se sirve otro Gin-tonic y camina en círculos por su pequeño estudio. Apenas se atreve a mirar el reloj. Debe centrarse y escribir. Pero necesita una idea inicial, un mínimo argumento que le sirva de punto de partida.

Vamos, vamos… ¡Céntrate! –se dice a sí mismo en voz alta- Piensa, piensa…

Girando sobre la alfombra como un animal enjaulado y tras un par de sorbos, se le ocurre de repente una idea. No se trata de una idea novedosa pero puede servir en un momento de falta de inspiración. El plan no es otro que el de transcribir exactamente lo que le está sucediendo. En otras palabras: documentar en tiempo real su propia situación. “Bueno, no está mal como comienzo. Puede funcionar” piensa para sí.

Vuelve a sentarse a su escritorio, mira fijamente a la pantalla y frotándose las manos imagina un título. Sin poder evitarlo sus ojos se desvían hacia los dígitos del reloj. Queda el tiempo justo para reflejar sobre el procesador de textos los últimos 15 minutos de su vida. “¿Podré hacerlo?” duda, pero en el mismo instante sabe la respuesta “Claro que sí”. Acaba de plantearse un objetivo y no hay nada que motive más su creatividad que el afán de llegar a una meta. Los dedos inician una frenética danza sobre el teclado y la página empieza a engalanarse con los colores de sus palabras como lo haría un pintor sobre un lienzo virgen. De forma implacable las frases se suceden vertiginosamente hasta llegar a perfilar párrafos virtuosamente redondos. La línea vertical del cursor desciende y salta de página en página sin dejar de parpadear un instante. En menos de 15 minutos tiene listo el cuerpo central de su artículo. Entonces el escritor se detiene; ha llegado al tercer folio…

No puede evitar un sobresalto al oír el teléfono. 

¿El editor? No, no puede ser, aún le quedan unos minutos de margen. Sabe que no se atreverá a prescindir de él, puede retrasar la edición todavía un rato. Su relato es uno de los favoritos de los lectores y ahora sí; queda únicamente el párrafo final.

Reconoce el número reflejado en el visor. Es Sonia.

Hola Ernesto.

Sonia, amor. ¿Cómo estás? Te he estado llamado todo el día… -las palabras nerviosas se le escapan de su boca.

Bien… -un silencio y la voz entrecortada. No está seguro pero cree entrever un tono conciliador- Sí, recibí tus llamadas, pero no estaba de humor… Ernesto, escucha y no me interrumpas, por favor. Estos días he tenido tiempo para pensar en nosotros, nuestra relación… -otro silencio- Y tengo clara una cosa; no deberíamos echar por la borda todos estos años que hemos pasado juntos…

El escritor está a punto de hablar pero decide tragarse las palabras. Entonces siente algo removerse y ascender por su pecho, desatando el nudo que le oprimía el corazón. 

La voz de Sonia prosigue al otro lado de la línea.

Sé que te eché las culpas de todo pero creo que no fue justo. Sé lo importante que son para ti tus libros y tus artículos, y lo último que desearía en esta vida es que tuvieras que escoger entre ellos y yo…

El silencio le incita a hablar, pero sigue mordiéndose la lengua.

Bueno, ¿no vas a decir nada?

Ernesto respira aliviado al tiempo que una sonrisa de oreja a oreja se dibuja en su boca. Hubiera saltado sobre la mesa, rompiendo a reír de alegría, pero se domina. No quiere estropear el momento.

Me acabas de prohibir que te interrumpa –bromea- Sí, claro que tengo que decir. ¡Tengo tanto que decir! Y creo que tienes razón, estoy completamente de acuerdo contigo. Yo también me siento culpable de…

No Ernesto –interrumpe- Yo creo que ninguno de los dos somos culpables de nada. Se trata simplemente de respeto mutuo. Yo siempre he valorado tu profesión, tus aficiones, y eso es lo mismo que espero por tu parte. Nada más y nada menos.

Pero es lo que hemos hecho siempre los dos ¿no? Sí, tal vez me he comportado de una manera un poco egoísta últimamente, pero… Sonia no quiero hablar por teléfono sobre esto… Prefiero hacerlo cara a cara. Si te parece bien podemos vernos esta tarde para tomar un café…

La respuesta de Sonia no se hace esperar.

De acuerdo. ¿Dónde siempre? -acepta finalmente.

Sí, donde siempre.

El escritor sonríe al colgar el teléfono. Mira la hora. Todavía quedan unos minutos. Serán suficientes; la musa ha vuelto. Gira la vista hacia la pantalla y relee las últimas frases. Ya no hay dudas, tiene todas las palabras en su mente; una a una… “La musa ha vuelto”-le dice una voz en su interior.

Desliza sus dedos y el último párrafo va apareciendo ante el parpadeo del visor:

“…El escritor no puede evitar un sobresalto al oír el teléfono. ¿El editor? No, no puede ser, aún le quedan unos minutos de margen. Sabe que no se atreverá a prescindir de él, puede retrasar la edición todavía un rato. Su relato es uno de los favoritos de los lectores y ahora sí; queda únicamente el párrafo final…

FIN