Meritocracia

“Sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales”. Esta es la definición de meritocracia según la RAE, partiendo del origen latín y griego de esta palabra compuesta. Una definición la cual, en las democracias occidentales, se ha vendido como prácticamente el funcionamiento de nuestras sociedades. Es decir, aquel o aquella que destaca por sus habilidades innatas y su esfuerzo, tiene por derecho una posición social más elevada. La verdad, más allá de este cuento fantasioso, es que quien defiende este discurso es, o un ignorante, o un cínico. Vivimos en una sociedad absolutamente estratificada donde realmente la capacidad de ascensión social a base de habilidades esta reservada para una ínfima minoría.
En primer lugar, cabe destacar que en las sociedades donde en teoría se busca la práctica del mérito, se tiene cierta consideración en un punto de partida igual o similar para todos sus componentes. Lo que comúnmente se ha llamado igualdad de oportunidades. Dentro de esta caben muchas políticas e ideas, desde la igualdad formal de derechos a una igualdad práctica en el acceso a la educación y a la estabilidad económica. Podríamos discutir largamente sobre la igualdad efectiva en el campo del derecho, pero en el campo educativo claramente hay ya una desigualdad y una situación de partida para un sector poblacional mejor que para otros.
Para ver reflejado esto podríamos poner un ejemplo muy habitual que genera unas prácticas desiguales en el si de la sociedad: la división entre la escolarización pública y la escolarización privada – y en medio está el monstruo de la concertada que no entraré a discutir por la brevedad de este artículo. La mayoría de gente, humilde y de recursos bajos, rozando el lindar de pobreza y/o por debajo, inscriben siempre y sin dudarlo a sus hijos en la escolarización pública. Ciertamente tenemos unos profesionales competentes y muy buenos educadores, pero la educación pública está en horas mínimas a falta de recursos, personal e infraestructuras. Por otro lado, en la escolarización privada, generalmente la mayor parte de los alumnos inscritos son de familias con rentas altas. En estas escuelas, pues, hay reservadas mejores instalaciones, más variedad de enseñanzas y, en general, un trato mucho más personalizado al alumno, facilitando la progresión satisfactoria desde etapas iniciales. Ciertamente las familias están pagando para la educación de sus hijos pare obtener estas perspectivas que lo público actualmente no puede ofrecer. ¿Es lícito? Puede. ¿Es meritocrático? Rotundamente no.
No lo es porqué no hay igualdad efectiva. El alumnado que va a la pública o a la privada simplemente ha nacido en una familia u otra, y esto ya genera una base diferencial. Evidentemente hay mucha gente que saliendo de la pública ha hecho grandes éxitos, más que muchos alumnos que han estudiado en el sistema privado, pero más que ver la punta del iceberg deberíamos analizar la base: fracaso escolar, tasa de continuación de estudios superiores y, finalmente, perspectivas laborales. Con estos tres elementos quiero destacar que la mayoría de las personas escolarizadas en centros privados tendrán mejor perspectiva vital que mucha que acude a la pública. ¿Son pues mejores? ¿Se esfuerzan más que los otros para tener salarios más altos? ¿O es que la base educativa ya ha marcado un camino? Creo que está claro que es este último.
Yo creo en la meritocracia, sin lugar a duda. De hecho, de mi entorno más cercano creo que soy el que más cree en este sistema. Pero no existirá nunca mientras no haya una igualdad de oportunidades real y efectiva. Y la base para esta debería encontrarse en unos impuestos realmente altos a la riqueza y a la herencia para invertirlos bien en los recursos educativos – y en muchos otros, claro está. Incluso hay quienes apostaron en su tiempo para abolir la misma institución de la herencia. Y no, no eran anarquistas – que también -, sino padres del liberalismo como Alexis de Tocqueville. La verdad es que para mí me resulta de mucho más esfuerzo, admiración y talento tener que sobrevivir y criar una familia trabajando en más de dos empleos, por ejemplo, que el chaval que ha estudiado en ESADE gracias a las inversiones de papá. Con todo, nadie puede responsabilizar al alumno que ha asistido a una mejor escuela que otros y que tenga un futuro mejor, pero lo que no se puede hacer es justificar su posición social según un supuesto mérito que nunca han tenido.
Odiar al rico vanidoso que muestra todo lo que ha obtenido por supuesto talento, hoy en día, es apostar por una sociedad realmente basada en el mérito.