Peligro latente

Llevo horas conduciendo, tengo hambre y me estoy meando. Al final de la interminable recta, creo vislumbrar un edificio ¡Qué sea un Bar!
Lo es, Mesón El Cazador. El nombre del local me echa para atrás, pero no me apetece arriesgarme a otra Kilometrada con el riesgo de una bajada de azúcar y acabar con los pantalones mojados.
El parking de grava acoge un par de turismos, tres camiones, uno de ellos cargado de cerdos hacinados , que por sus gruñidos, parecen impacientes por emprender la marcha convencidos e ilusos, hacia un destino lodoso y repleto de manjares; dos 4×4 con sendos porta perros, desde los cuales los ladridos salen queriendo silenciar los guarridos y cuyos ocupantes seguro o casi, tendrán una mejor suerte, aunque por esas crueles noticias que uno lee sobre todo en periódicos digitales, me hace pensar que quizás alguno de esos sabuesos, se llevará una reprimenda desmedida si no ejecuta bien su cometido y por su culpa, a su dueño, se le escapa una perdiz.
¡Va! Me digo, por culpa de cuatro malnacidos, no todos los cazadores son iguales, aunque no entiendo que les pasa en sus mentes, para encontrar placer con la muerte de otro ser vivo. Pienso en mis Tíos, muy buena gente, amantes del campo, de la naturaleza y de la vida, pero a la vez de la caza (nunca lo entenderé) y enamorados de sus perros a los que siempre trataron con mimo y cuidaron con esmero.


Mi abuelo, con la esperanza de que algún día fuera a disparar pichones con él, al nacer y por ser el primer nieto varón, me regaló una escopeta de perdigones. Creo y espero no haber sido una decepción para él, porqué en la vida he disparado a otra cosa que no haya sido una diana, un palillo con un llavero hortera y una lata encima de una piedra.
El Mesón me recibe con unos aromas culinarios muy intensos, tan embriagadores que llego a plantearme solo olerlos por un buen rato y darme con ello saciado, pero la vejiga aprieta. Una vez aliviado. Tomo mesa y me acomodo. Si los aromas me dicen quédate y deja que tu paladar disfrute, mi visión me dice levántate y corre. El televisor de tubo, preside el espacio desde cierta altura, la suficiente como para que uno sea preso de la tortícolis si se queda viéndola más de diez minutos; en la pantalla “Sálvame” y en lo alto, una ardilla disecada con una piña seca en la boca y abrigada por una buena capa de polvo, cuya mirada parece dirigirse a mi implorando, cambia el canal.
En el resto de las cuatro ya algo amarillentas paredes, cabezas de jabalís y de ciervos, disecados claro, estanterías con zorros también inalterables y pinturas rupestres en marcos dorados de los que regalaban en los años setenta en “Muebles La Fábrica” al comprar un comedor.


El camarero que me atiende, un chaval de no más de dieciséis años, de tez pálida y orejas Dumborrianas, con aspecto de tener horchata en las venas (las pajas pienso, está en la edad de excederse con la manivela) me ofrece unos Torreznos de la casa para ir picando, unos gelatinosos pies de cerdo (o de ministro según lugar y etapa) , callos a la madrileña…miro por la ventana y veo el camión de los gorrinos ¡No gracias! Con un buen bocadillo de esa esplendorosa tortilla de patatas que tenéis en la barra, me bastará. La regaré con vino de la casa que malo no ha de ser.
En la larga y copiosamente servida mesa de los cazadores, doce cuento, hablan acaloradamente con las bocas llenas cómo si el dejar de masticar fuera un delito. Bien equipados con sus vestimentas de camuflaje, sus buenas botas, a un par de ellos les distingo la ropa que no entregaron al licenciarse del servicio militar, gorras de soldado raso incluidas y bien destacadas rojigualdas bordadas en sus camisas, una de ellas con el “pollo” aquel (símbolo del imperio) de los tiempos del tío Paquito.
Muevo con disimulo mi silla, ojos que no ven…voy hasta la barra en busca de un periódico; leyendo espero abstraerme de comentarios no deseados y demás voceríos. ¿LA RAZÓN? ¿No tiene otro? La mirada que me dirige desde detrás de la barra el que intuyo es el padre del camarero-pajero, es de aquellas de “a que te suelto una hostia” cosa que espero no suceda, porqué las manos del mesonero, enormes y de dedos amorcillados que en ese momento asían el cuchillo jamonero, podrían hacer que mis sesos acabaran esparcidos, pegados, en aquellas paredes y conservados cómo nuevos trofeos de caza.
¿Y si el chaval tenía las orejas tan separadas por las sacudidas que le producían las collejas que le podía soltar su padre? ¡Por Dios!
¿El bocata? De muerte, la tortilla jugosa, con la proporción adecuada de cebolla y patata; al pan le faltaba el “sucar” el tomate, pero el fallo ha sido mío por darlo por hecho y olvidar que estaba a más de 700 Km de Barcelona.
El muy cabrón, el de la bandera con el aguilucho, está muy dispuesto a que se me atragante la tortilla. Eufórico, las copas de soberano le ayudan, se jacta a sus compañeros de batida, Algunos escuchándolo con ganas y dándole vítores, otros circunspectos y avergonzados, pero con la sonrisa hipócrita y cobarde del todo va bien:
Tres cartuchos tengo aguardando la ocasión (el muy …) Uno para el negro maloliente que tiene los cojones de poner su haraposa manta y sus deportivos chinos en la cera enfrente de mi casa ¡Mono de mierda!, que los manden a su puto país o al circo, al menos.
Otro lo tengo para hacerle la eutanasia a un enfermo del pueblo que tiene mariconitis. El muy cerdo, en el pueblo disimula y más le vale, porqué en cuanto le vea yo la pluma, le vuelo los huevos.
El último cartucho, si lo he de usar, será el que más placer me dará. Lo guardo para el primer catalán que tenga los cojones de pasear por mi España hablando el dialecto ese de mierda que tienen, que no se les entiende “nà” o les vean mis ojos luciendo la jodida estelada.

¡Chaval! ¡Agua! Tengo un trozo del bocata clavado en el esófago.

Arranco marcha atrás, derrapando con la intención de levantar de la grava el mayor polvo posible, el suficiente para que al enfermo mental no le diera por mirar por la ventana y viera el adhesivo con la estelada que luce en mi Renault. En cuanto creo que la distancia me ofrece la suficiente seguridad, paro. Vomito la tortilla y el vino de la casa, cuya acidez al volver en la dirección que no toca, me deja la garganta irritada y ardiendo.

Lloro. Cada día son más ¿Cómo puede ser? ¿Qué se ha hecho mal? El número de fachas a los que la única cultura que les interesa es aquella de “A ver quién la tiene más grande” crece cómo nunca hubiera imaginado. Aglutinados encima en un partido político, VOX, que nuestra democracia tolera y admite cómo si con ello fuera más pura, demostración de que ni ella sabe, ni el país tampoco, lo que es y para que sirve.


¿Cómo parar esta lacra?. Pienso en la empatía (me enorgullezco de ser tremendamente empático, a pesar de las decepciones y bofetadas morales que me he llevado por ello). Intento entender el porqué un hombre de no más de 50 años madurado (es un decir, como veis) en un país teóricamente libre, puede desear la muerte de un inmigrante, de un homosexual y de quienes solo pretenden hablar su milenaria lengua y desear lo que creen mejor para lo que consideran su país.
¿Qué le pasó? ¿maltrato infantil? ¿abuso de drogas? ¿un mal golpe al caerse de la burra? La ignorancia era evidente (no el analfabetismo, no lo confundamos) y el sistema también tenía su parte de responsabilidad en ese estropicio de mentes, porqué curte con pretensiones materiales y carencia de valores, cosa que causa un gran efecto y a la vista está, en el que ya le va bien la vida de Garrulo mientras lleve un Lacoste.
¿Cómo ayudarles? Hacerles entender que la tolerancia, el respeto y la empatía han de ser claves en la vida y en el mundo que tenemos, que la igualdad, la justicia y la libertad han de estar al servicio del bien común porqué es la manera de que la libertad cumpla su verdadero cometido.

¡Coño, que vienen! Antes de que lleguen los 4×4, con el primer pedrusco que encuentro, abollo la parte trasera de mi coche a la altura del adhesivo.
Que te..que os ayude vuestra madre.
A mí solo me queda predicar con fe, cariño, memoria y argumentos cargados de humanidad, para que esta epidemia fascista no vaya a más y acabe devorándonos las entrañas.