¡A pedradas!

Llevo un par de semanas intentando escribir un nuevo artículo de opinión y me está costando. He escrito páginas, he vomitado sobre ellas rabia e impotencia, he manchado los folios con lágrimas de desconsuelo, he mancillado mi propia afición a la escritura escribiendo una cosa mientras pensaba en otra. Pablo Hasél ha tenido la culpa, pero cualquiera le acusa de algo más con la que le está cayendo ¿Culpable?.
Su movida, su juicio, su detención, las reacciones populares, las informativas, los contenedores ardiendo, las porras repartiendo estopa…..estoy confuso.
Independientemente que me puedan gustar más o menos las letras de este rapero provocador, es evidente que en una democracia plena (como está de moda llamarla y debatirla) no se puede entender que a un cantante, a un poeta, a un influencer, a nadie, se le pueda meter en prisión por el contenido de sus letras, versos o declaraciones. Todo esto es obvio pero ¿ cómo llegar a que el poder fascista judicial que tenemos en España, se reforme de una puta vez y colabore como es debido a que tengamos una democracia sana?.
Estoy en una edad en la que aún me mueven instintos cargados de razón y testosterona, pero en la que por si acaso, he de hablarle a mi polla y decirle no me falles, antes de echar un buen polvo (con un poquito de comprensión lectora se entenderá la metáfora, espero), con lo que tengo claro que se ha de actuar como sea, correctamente o no y cambiar todo eso que ya llevamos demasiado años aguantando y que incluso con las mascarillas puestas nos hace oler su podredumbre: Monarquía, capitalismo voraz IBEX35, poder y sistema judicial heredado del franquismo, lo mismo que el ejército y Guardia Civil, corrupción política, manipulación informativa…..sí, las vísceras me dicen, a la calle y a dar hostias (y aquí no hay metáfora). No ha habido Revolución triunfante sin violencia.
Pero claro, quizás esa determinación con la que proclamo “A las Barricadas” se debe a que con mis 55 años no voy a salir en primera fila con el bate de beisbol y la mochila cargada de piedras, y entonces hablo de lo que mis hijos deberían hacer. ¿Soy un cobarde? Quizás. Pienso entonces que podría decirle a los veinteañeros la típica frase que suelta el que ya empiezan a quedarle lejos esos veinte de, si yo tuviera vuestra edad, estaría ahí, revolucionando, al pie del cañón, pero la confusión me aumenta al recordarme a mí mismo en los ochenta cuando y a pesar de ser educado en una familia en la que los ideales y valores hacia la justicia, el progreso de los derechos y libertades, la tolerancia y el respeto a las ideas hicieron que fueran la base de mi formación; había algo que sigilosamente salía de mi bragueta con nocturnidad y alevosía, accedía a mi cerebro y echaba el candado a mis neuronas, con lo que reconozco que hubiera sido lo suficientemente frio e hipócrita como para apuntarme a la O.J.E y cantar el Cara al Sol si eso me suponía un gratificante revolcón con una niña pija de las que me ponían cachondo en el Pachá. Si, muy triste, le echaremos la culpa a la represión sexual que aún sufrimos los que descubrimos la sexualidad durante los primeros años post Dictadura.


Entonces, que autoridad moral tengo yo para opinar sobre lo que debe hacer un adolescente de hoy, cómo pedirle que se implique política y socialmente, que se arme de ideales, que lea a Hernández y a Machado, que sepa quién era Marx, que al ver la imagen del Che le suene a algo más que a un tatuaje. Pienso en salir y darles un discurso, convencerlos de que ellos han de parar la mucha mierda que se mueve a su alrededor, la de todos, pero dudo tener el derecho a hacerlo cuando no puedo asegurar de que si yo fuera uno de ellos, no sería uno de los muchos gilipollas de “Mujeres, Hombres y Viceversa” escuchando Hip-Hop o música para perréo con letras sexistas, machistas e impropias de lo que debería ser el progreso.


No puedo asegurarlo, pero casi. Aquel esfuerzo de mis padres para que viera siempre el mundo desde la empatía, hubieran hecho que hoy yo fuera un activista comprometido, convencido, altruista y entregado; a no ser que el círculo de mis amistades pre y adolescentes hubieran hecho que el trabajo de mis educadores se fuera al traste. Hay ciertos momentos que la lealtad a los amigos y su influencia está por encima de los que realmente te quieren y educan, porqué ellos están desfasados, mientras que uno y su peña están en la cresta de la ola sin ser conscientes de que esa ola acaba en la orilla, sobre la arena, donde empieza la realidad.
Ser empático, pues así estoy convencido de ser y actuar; el querer buscar justificación en casi todo, el querer creer que cada acción del ser humano, por muy aberrante que sea, tiene como mínimo un origen, aunque sea lejano que lo justifique; el tener memoria y conciencia de mi propio pasado, no deja de ser quizás un acto egoísta para que mi cerebro y mi alma, si existe, tengan la estabilidad emocional que en definitiva me permita sentirme cómodo en el día a día, pero al mismo tiempo hace que ante cada impulso, cada decisión de la que esté convencido, se me planteen las famosas dudas razonables que se supone me y nos dignifican como seres humanos.
Hasta los cojones estoy de tanta duda, de tanta racionalidad, de tanto comportamiento social y políticamente correcto ¡A la mierda! Ahí va el vómito que sale de mis vísceras inflamadas con toda esa porquería que de momento es pasado y presente en este país:
Ante la libertad del emérito, ante la absolución de la Cifuentes , ante el exilio de Valtonic y la prisión de Hasél, la de los chicos de Alsasua, la de nuestros presos políticos, ante el capitalismo voraz, ante los desahucios, ante la brutalidad de los policías de Linares, ante los golpes de porra de las Brimo, las pelotas de goma o las balas de foam, ante las exaltaciones al fascismo, ante las esvásticas, ante la corrupción política, ante los aforamientos y sueldos vitalicios, ante la manipulación informativa, el culto a la ignorancia, ante….ante, por y para decir basta, no queda otra, ¡A Pedradas!.