Irracionales

“Arriba en la montaña, cuando ya has pasado los 2000 metros de altura, mires donde mires, la mayoría de cumbres aparecen sublimes, majestuosas y frías. La piedra, escasa o vacía de vegetación alguna, ¿sin alma, sin vida? Se muestra emperatriz y dueña de todo, cómo si supiera que con dejarse caer rodando por la ladera, puede acabar con todas nuestras miserias”

Cuando buscamos el significado de ser humano, la definición más habitual es la que hace referencia al Homo Sapiens, cuya principal característica es la capacidad de razonamiento y aprendizaje…,. A día de hoy, el aprendizaje es una constante evidencia, aunque eso no garantiza en absoluto que lo que aprendemos sea una garantía de calidad del conocimiento, puesto que la mayoría de cosas que quieren que aprendamos a diario, son sólo para tenernos distraídos, acomodados y con la creencia de que somos felices. También es verdad que hay una buena parte de población interesada en aprender infinidad de cosas que les puedan ser útiles en su vida y que aparte de conocimiento les garantice bienestar a través de una profesión, pero que no por eso dejan de ser víctimas de ese engranaje que se preocupa en que aprendamos sobre todo lo que a ellos les interesa y no aprendamos lo que les puede perjudicar.


El Capitalismo se las ha ideado para tenernos sujetos, bien atados, pero con la sensación de que somos libres y dueños de nuestros destinos. Nos ha potenciado la capacidad de aprender cada día más rápido todo aquello que ellos necesitan que aprendamos, para que de una forma u otra les demos beneficios. Al unísono, nos ha ido suprimiendo la capacidad de razonamiento; con una estrategia sencilla, no la ha anulado, pero la ha arrinconado sin que, evidentemente, tampoco seamos conscientes de ello. ¿Cómo? Ofreciendo a nuestro cerebro la comodidad de tener que pensar poco en cosas necesarias del día a día, con lo que vamos a disponer de más tiempo para dedicarnos a nosotros mismos. ¿No parece un mal plan, verdad? .

Pero estamos hablando de que nos han quitado la necesidad de razonar cuando vamos a la compra, nos alimentamos de marketing, de moda, diseño, sueños materiales, a menudo superfluos…estamos hablando de que hemos pasado a que la dignidad que para las generaciones de hasta mediados del Siglo XX consistía en poder tener una comida decente cada día, hoy se mida mirando por encima del hombro al que lleva unas deportivas del mercadillo, instalado en unas Nike de 200 Euros, que un ingeniero de la marca diseñó para hacer una maratón, y que el altanero que confunde esa altanería con la dignidad, no correrá nunca. El tener el capital para tener algo que otro no pueda tener o que le dé a uno la oportunidad de mostrarlo, es lamentablemente a día de hoy, lo que nos hace felices.


El sistema, siempre atento, ha aprovechado muy bien la irrupción de las redes sociales, para que esos triunfos basados en adquisiciones materiales que nos hacen tristemente dignos, sean exhibidos y nos den el confort del todo va bien. En definitiva, los de arriba vieron astutos lo fácil que era convertirnos al “Gilipollismo”.


Si nos levantamos cualquier día dispuestos a dedicarnos un buen rato a la observación y al razonamiento, no nos será difícil ver a la vecina que coge el coche para ir al gimnasio, situado a menos de un kilómetro, para una vez allí, quemar calorías en la cinta andando a buen ritmo. Veremos también al vecino que equipado muy técnicamente, después de hacer el carajillo en el bar y apurar un Fortuna, sale a correr dispuesto a superarse a si mismo haciendo un circuito circular que acaba dando con sus bonitos glúteos, reposar el esfuerzo en la silla del mismo bar, donde se pedirá unos callos y una clara para recuperar fuerzas. A Tomás, que empezó de peón y hoy es un pequeño constructor al que el esfuerzo y los contactos le han premiado con una economía solvente, lo veremos , si es sábado, embutido en el chándal comprado en la tienda oficial de su equipo de futbol, subirse en su flamante 4×4 que nunca conocerá camino, ni piedra, ni cuesta, dirigirse al centro comercial, donde en el supermercado, llenará dos carros de todos aquellos productos que más se anuncien en televisión; colocará la compra en el enorme maletero, atento a resguardar los perecederos en una nevera portátil que hábilmente ha instalado en el vehículo. Tomás y su prole, como cada sábado, pasarán el día paseando por el centro comercial, donde hay más gente, donde más se les puede ver, donde Tomás creerá encontrar la dignidad en las que él supone miradas de admiración y envidia de cuantos pasan (a su rollo) a su alrededor. Comerán Hamburguesas, pollo frito y cremosos helados. Irán al cine a ver la peli más taquillera, con las palomitas más grandes y el refresco azucarado de litro en las manos y luego harán un poco de deporte jugando a los bolos, mientras Tomás se toma dos gin tonics. Esto es vida, se dice el bueno de Tomás.

Si en ese centro comercial, pudiéramos también hurgar en las vidas de cada una de las miles de personas que por allí circulan, nos sorprenderíamos al comprobar que anónimamente y con fines similares, anarquistas, comunistas, fascistas, progres, conservadores, comparten espacios, ajenos de que quizás él que uno tiene al lado rebuscando en la pila de las camisetas a 3 euros, es con él que se discutía acaloradamente, llegando al insulto y a la amenaza, la noche anterior en cualquier foro o en cualquier red social.
Si en ese día, el que estamos dedicando a ser seres humanos y aparte de aprender, sobre todo razonamos, somos capaces de mirar hacia arriba y fijarnos bien, ajenos sobre todo a lo que insisten constantemente que aprendamos; podremos distinguir las sombras de unas hilos que se mueven, que nos mueven y al final de ellos, las manos ensortijadas de oro y diamantes de quienes con una sonrisa inmensa y amenazadora, designan moviendo esos hilos, nuestras alegrías y miserias

“yo, en busca de mi reina, la fría piedra en lo más alto, convencido de que no saldrá rodando, me siento junto a un arroyo de agua cristalina que baja virgen hacia encontrar el rio que la llevará por el polígono industrial donde perderá su virginidad. Me gustaría frenarla, pero quién soy yo para romper su inocencia. Miro hacia una cima y distingo a la cabra montesa que, razonablemente, parece jugarse el físico en postura de vértigo, pero segura de que allí estará a salvo de cualquier depredador. En el inmenso azul del cielo, el águila extiende sus alas dibujando el vuelo perfecto mientras desafía al frio y al viento, porqué razonablemente es conocedora de tener la mejor visión para encontrar la presa adecuada. Cerca tengo una vaca que ignorándome confiada pastura; me gustaría acercarme y hacérmela amiga, llegar a un acuerdo, yo vivir de sus mugres a cambio de librarla de moscas. Buscar con mi nueva amiga una cueva donde refugiarnos de la noche y andar por los prados con la reina atenta, hasta que notara yo los pasos sigilosos de la parca, para entonces, digno, dejarme llevar tumbado junto a mi arroyo y que mi cuerpo ya sin vida sirviera para que los buitres dejaran de dar vueltas a la cima y vinieran a comer de mi cuerpo y a beber en las cuencas de mis ojos. Cualquier cosa, con tal de no volver a ver cómo Tomás saca los sábados, el 4×4 de su garaje. Es hora de volver, me despido de mi reina, de la vaca, del arroyo y del águila que queda más relajada con mi marcha. Camino de nuevo a lo racional ¡Por los cojones!”